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Agradecido por las luchas

Recuerdo que cuando era niño crecí con escaso sentido de identidad. Llegar a la adultez suele ir acompañado con la ansiedad de tratar de saber quién es uno, en quién se quiere convertir, qué fe o perspectiva del mundo desea seguir. Pero para mí fue distinto, puesto que no tenía a los dos progenitores en mi hogar.

Crecí en el programa “latch-key” para niños que se quedan solos en sus casas tras llegar de la escuela porque son criados por uno solo de sus padres, quien casi nunca llega a casa antes de las 6 de la tarde. Como pasaba casi todo el día solo, eran pocas las “conversaciones sobre la vida” que podía tener. Pero la verdad del caso es que yo era muy testarudo y, aunque esas conversaciones hubieran ocurrido, puedo garantizar que casi no las habría escuchado. Sobre todo, si intentaban dirigirme en la dirección contraria a la que mis deseos y curiosidad insaciables me llevaban. Mis familiares apostaban por cómo terminaría yo. Uno de ellos me dijo directamente que mi fin sería en un accidente de auto.

Mi terquedad e insatisfecha curiosidad me han causado muchos dolores de cabeza. La testarudez, la porfía y la indiscreción no se asemejan mucho a la imagen del hombre sabio de Proverbios, que ama al que lo corrige. Sin embargo, Dios tenía control de mi corazón con un propósito. Los ejemplos bíblicos de hombres testarudos y voluntariosos son abundantes. Moisés, que huyó de Egipto y no regresó por 40 años; no comenzó su ministerio sino hasta los 80 años. Abraham, que pasó su última prueba con más de 100 años. Pedro, el apasionado, que juró que nunca abandonaría al Señor y esa misma noche lo negó. Vivo agradecido por todos esos ejemplos de personas de la Biblia que demostraron que Dios sí puede usar al terco.

El psicólogo B.F. Skinner resumió nuestro comportamiento presente cuando dijo: “Todos somos producto de nuestro ambiente”. Crecí en Brooklyn, Nueva York, donde en los años 80 y 90 predominaban el crimen, las drogas, las adicciones, las enfermedades, el presidio y la muerte. Pero, gracias a Dios, me ocurrió algo muy importante cuando cumplí 10 años: le entregué mi vida al Señor. Aquel ambiente de mortandad cobró vida en Cristo. Una mujer jamaiquina, con un tierno tono de voz, fue la persona que Dios usó para visitar nuestro apartamento. Ella impartía un estudio bíblico por semana a los niños del edificio después que llegaban de clases. La señora Lee, probablemente, visitó los 114 apartamentos del edificio en busca de niños que pudieran asistir a las clases bíblicas. Al final, fueron sus dos hijos, algunos chicos del edificio y yo los que asistíamos a aquellas clases.

Pienso que una de las razones por las que soy seguidor de Jesús es porque la señora Lee nunca se dio por vencida. ¿Quién sabe cuántas veces se preparó para enseñar la clase y nadie asistió? Estoy agradecido por lo que tuvo que luchar. En Brooklyn, a medida que crecí, pude ver muchos ejemplos de personas que no se rendían nunca. Veía a mi madre soltera levantarse temprano todos los días, prepararnos para la escuela y luego salir a trabajar toda su jornada para volver a casa a seguir trabajando día tras día incansablemente. Vi gente trabajar duro para poder pagar su alquiler, su carro, la educación de sus hijos. Aprendí que la lucha era difícil, pero honrosa.

En los años 80 el uso de las drogas se incrementó, la heroína fue reemplazada por la cocaína en polvo y en piedra (crack); la marihuana también abundaba en los “proyectos” (o viviendas públicas). Muchos de los chicos que vivían en el mismo edificio que yo se hicieron ricos rápidamente con la vida criminal que adoptaron. Pero en mi caso, Dios tenía su mano sobre mí, cuando fui salvo y me dieron una Biblia (versión antigua) para niños. El mero hecho de que un muchacho de Brooklyn, que no respondía a ninguna pregunta, comprendió lo que Dios decía en el inglés antiguo de esa traducción bíblica fue un acto de gracia y misericordia.

Teodoro Roosevelt escribió:

“No es el crítico el que cuenta; no el hombre que señala al fuerte que tropieza, o comenta donde el que hizo, pudo haberlo hecho mejor. El crédito pertenece al hombre que está realmente en la arena, cuya cara se mancha de polvo, sudor y sangre; que lucha valientemente; que se equivoca, que falla una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y defecto; pero que de igual forma se esfuerza por hacer; que conoce el gran entusiasmo y las grandes devociones; que se entrega a sí mismo en una causa justa; quien en lo mejor conocerá al final el triunfo de los altos logros, y quien a lo peor, si falla, por lo menos fallará atreviéndose, para que su lugar nunca sea con esas almas frías y tímidas que nunca conocieron ni victoria ni derrota”.

Lo que Roosevelt escribió llamó mi atención, puesto que me di cuenta de que la derrota es honrosa. Roosevelt también validó mi joven mente curiosa, la cual estaba muy familiarizada con el “gran entusiasmo” para luchar, triunfar e intentar grandes cosas. En ese discurso pude ver las vidas de hombres y mujeres que luchaban, ardua y constantemente, por lo que parecía una pobre recompensa.

Al reflexionar en mis luchas con la terquedad y los fracasos por no hacer la voluntad de Dios, pude ver que fueron momentos de aprendizaje. Él me recogía y me llevaba a considerar las palabras de Proverbios 3: “Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni te ofendas por sus reprensiones. Porque el Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido”.

Le doy gracias a Dios por las luchas de mi vida, sí, incluso por las que tuve a causa de mi terquedad. Esas batallas me han enseñado a perseverar, a esperar en Dios y a serle fiel. Ahora, aun andando en fidelidad a Dios, cuando enfrento batallas siento el gozo de que no tengo que preguntarme si son a causa de andar en el camino opuesto a Dios.

Los versículos de Lamentaciones 3 le han brindado esperanza a mi alma en muchas ocasiones:

Acuérdate de mi aflicción y de mi desamparo,
del ajenjo y de la amargura.
20 Lo recordará, ciertamente, mi alma
y será abatida dentro de mí.
21 Esto haré volver a mi corazón,
por lo cual tendré esperanza.
22 Por la bondad del SEÑOR
es que no somos consumidos,
porque nunca decaen sus misericordias.
23 Nuevas son cada mañana;
grande es tu fidelidad.
24 “El SEÑOR es mi porción”, ha dicho
mi alma; “por eso, en él esperaré”.

Sé que puedo esperar en Dios porque he luchado al igual que Jacob (Génesis 32) y Dios me ha tocado. Desde entonces, mi jornada con Él nunca ha sido igual. He aprendido a ser agradecido, ¡aun por las batallas de la vida!

escrito por: Mayor Richard Sánchez

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