¡Buenas Noticias!

La parábola del sembrador

Primera parte

LalutEsta parábola fue narrada por primera vez en un ambiente de triunfo y optimismo. El público comenzaba a prestar oídos a este predicador y las multitudes aumentaban. Es sobre este trasfondo de euforia y entusiasmo que Jesús entrega la parábola del sembrador, una enseñanza de alerta y de realidad que muchos sintieron como un balde de agua fría.

La parábola es sencilla: un sembrador sale al campo a sembrar. Algunas semillas caen en el camino donde la tierra apretada y dura las dejó a la intemperie y los pájaros se la comieron. Otras caen en un terreno pedregoso, brotan rápido pero se secan por falta de humedad. Una parte cayó entre los espinos y estas crecieron pero fueron ahogadas por la maleza que permeaba el lugar. Por último, las que cayeron en buena tierra, brotaron y produjeron hasta 100 granos por cada grano que el sembrador lanzó.

El Señor está diciendo que dentro de nosotros hay costumbres y condiciones, lo que podríamos llamar “anticuerpos”, que están listos para luchar contra toda invasión por parte del cielo que suceda en nuestro interior. Cuando Dios pone su semilla en nuestra vida está implantando algo que es extraño a nuestra naturaleza y muchas veces recibe nuestro rechazo. Si somos francos con nosotros mismos, descubriremos que todos, de una manera u otra, luchamos contra la invasión de la semilla del Señor. En esta parábola, el Señor nos está diciendo que debemos reconocer esta situación. “Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra principados, contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales” (Efesios 6:12 NVI).

Parte cayó junto al camino

Un camino se construye para que la gente transite por él. Por lo tanto, debe ser duro y firme. Un camino no está preparado para recibir semillas. Si deseamos plantar en él, tendríamos que sacarle su dureza. Todos conocemos personas que se asemejan a un camino. Sus intereses se enfocan en las cosas que se ven, se palpan o se pueden depositar en el banco. Son ciegos a lo que es eterno y que sólo puede contemplarse con los ojos de la fe. Cuántas veces hemos oído la expresión: “¡No creo ni en la luz eléctrica!” Eso lo dice un “hombre-camino”. Pueden ser personas responsables con sus familias y trabajo y ser miembros de una iglesia, pero esa dureza y esa preocupación por lo material hace muy difícil que la Palabra de Dios germine en sus corazones.

Parte cayó en pedregales

En un principio pareció que esta semilla tendría mejor suerte. Germinó rápido, las hojitas verdes indicaban que la planta empezaba a brotar, pero no había profundidad en el terreno. Las piedras estaban cerca de la superficie y la planta no pudo echar raíces. En todas las iglesias vemos gente que comienza con mucho entusiasmo, se inspira con un buen sermón, una buena clase bíblica o un hermoso solo vocal. Pero aquel entusiasmo inicial carece de una cualidad esencial. La persona no ha sido tocada en lo íntimo de su ser, en la profundidad de sus cimientos. Como le dijo el Señor a Nicodemo: “No han nacido de nuevo”, no se han encontrado con el Dios vivo, quien destruye antes de construir y acusa antes de perdonar.

La que fue sembrada entre espinos

Todos los tenemos. Están por todas partes. La semilla cayó entre los espinos y comenzó a crecer juntamente con ellos, pero finalmente la ahogaron. ¡Nótese bien!, el terreno en sí era bueno, permitía la siembra y otorgaba el crecimiento. La Palabra logró germinar y se podía esperar frutos. El problema radica en que, junto con permitir que creciera la Palabra, se permitió que creciera algo contrario a Dios, no deseado para sus propósitos.

En todos nosotros mora un buen número de atracciones, adicciones, tendencias y temores. Somos propensos a rendir nuestros oídos a voces que desean cautivarnos, luces que desean encandilarnos y potentados que se proponen subyugarnos. Estos espinos que ejercen una atracción poderosa, son como un inmenso aspirador que succiona nuestras intenciones de seguir al Señor y nos hace descuidar la semilla que Dios ha depositado en nosotros. Y aunque tenemos el deseo de servir a lo eterno nos dejamos llevar por las voces y las luces que nos distraen. Al igual que el héroe griego Ulises (La Ilíada) nos sentimos atraídos por el canto de las sirenas.

Cuando la Biblia habla de las “obras de las tinieblas, mentiras de Satanás”, está hablando de estos espinos. Cuando Pablo dice: “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Filipenses 3:12 NVI), está hablando del inmenso poder que estos espinos tienen para retardar y aun anular el crecimiento del cristiano.

por Enrique Lalut

Próxima edición: “La buena tierra”

 

Previous post

Piano Keys His Worship

Next post

Segundas oportunidades